SOMBRA (cuento presentado a concurso en mayo de 2013)

ranchosUstedes que están leyendo esto aun están entre los vivos; pero yo, desde hace rato pase al barrio de la sombras. Ocurrirán muchas cosas y se descubrirán bulda de secretos, pasarán muchos años más antes que uno de ustedes vea esto escrito. Cuando lo lean, muchos creerán que es mojón, otros dudarán y solo unos pocos encontrarán razones para echar coco a este mensaje mal escrito en el muro de este rancho, porque ya son pocos los que se atreven a pasar por aquí.

Ese año fue un año de terror y de sentimientos más allá de eso, sentimientos que no tienen nombre en esta tierra. Se dieron bulda de señales y sucedieron eventos que difícilmente se olvidan, sobre nosotros y más allá de los límites del barrio, la muerte se paseaba a sus anchas por toda la ciudad. Para aquellos que saben las ciencias de lo oculto, los caracoles revelaban que la cosa era color de hormiga, siniestra y bulda e’fea; para mí, el negro Guaramato y los demás, era evidente que ya había llegado el año de Ogún, donde los cuchillos, el plomo y el fuego abría paso a más miseria. Sin temor a estar equivocao, el panita Dios no solo se manifiesta en la tierra, también en las almas y en la imaginación, en el pensamiento de la ciudad.

En el barrio Cerro Grande, en un rancho e’bloques y cemento, nos hallábamos una noche siete de nosotros frente a una paila de guarapita roja, preparada con sangría, chinoto y aliñá con anís. No había otra entrada a este rancho que una puerta de hierro, hecha por el mejor herrero del barrio, el respetado Don Eusebio que tiene su taller en la entrada del barrio, calidad de puerta tenía muchas cerraduras entre ellas una diente e’perro que aseguraba bien el rancho. En la sombría sala, cortinas negras tapan nuestra vista de la luna, de las luces del barrio y de las calles que ahora están peladas; pero el presagio  y el recuerdo del mal seguían allí.

Estábamos rodeados por cosas que no son fáciles de explicar; cosas materiales y del más allá, la pesadez del aire, el sofoco, la ansiedad; y sobre todo esa terrible sensación que se siente cuando estas nervioso, cuando los sentidos están a millón, despiertos, mientras tus reflejos están aguevoneaos. Un peso muerto nos agobiaba. Caía sobre nosotros, sobre los muebles, los vasos en que bebíamos; todo lo que nos rodeaba daba depre, te espachurraba y te hundía; todo menos siete velas rojas y amarillas que iluminaban nuestra borrachera; pálidas e inmóviles ellas continuaban allí ardiendo y escurriéndose manchando los platos donde estaban puestas; y como un espejo el vidrio que cubría la mesa de madera donde nos sentábamos nos reflejaba nuestras caras, cansadas y trasnochadas. Sin embargo, reíamos y nos alegrábamos a nuestro modo – llenos de histeria-, y cantábamos rancheras – llenos de locura-, y bebíamos aunque la oscura guarapita nos recordaba a la sangre. Porque en aquella sala había otro de nosotros,  el joven Jhonny (Catire) Ochoa. Muerto y amortajao estaba acostao tan largo era, dentro de su caja, cubierto de hielo para evitar su descomposición mientras encontrábamos como pagarle el entierro. No participaba en nuestro boche. Pero su cara, desfigurada por las puñaladas recibidas ayer, y sus ojos donde la muerte sólo había apagado a medias el fuego de su agonía, parecían interesarse en nuestra alegría, como quizás los muertos se interesan en la alegría de los que van a morir. Y aunque yo, Gumercindo Guaramato, sentía que los ojos del muerto estaban fijos en mí, me obligaba a no detallar la amargura de su expresión, y mientras contemplaba fijamente mi cara reflejada en el vidrio de la mesa, cantaba en voz alta las canciones que fueron sus favoritas.

Poco a poco, sin embargo, las canciones fueron callando y sus ecos, fueron quedando mudas en las cortinas negras de la sala. De aquella tenebrosas cortinas, donde se perdieron los sonidos de nuestras voces, se desprendió una sombra profunda, una sombra como la que la luna del llano, cuando esta baja y llena, podría extraer de un hombre en una noche; pero ésta no era la sombra de un hombre, de una mujer o de un animal, ni de ninguna cosa conocida. Después de temblar un instante entre las cortinas de la sala, quedó, por fin, a plena vista sobre la puerta de hierro. No era una sombra de hombre, ni de mujer, ni de carajito, mucho menos de un animal. Parada allí sobre la superficie de la puerta, bajo el marco de la puerta, sin moverse, sin decir palabra, quedo allí inmóvil a los pies del joven catire amortajao y frio. Nosotros, los siete allí reunidos, al ver cómo la sombra se movía desde las cortinas, no nos atrevimos a verla de lleno, sino que bajamos los ojos y miramos desde el reflejo de la mesa. Al final yo, Gumercindo (Bachaco) Guaramato en voz muy baja, pregunté a la sombra cuál era su domicilio y nombre. Y la sombra contestó: <<Yo soy SOMBRA, y mi casa esta detrás del mercado La Hormiga, cerca a las oscuras planicies de Prados de María, cerca de La Barraca.>>

Los siete nos levantamos llenos de horror y permanecimos de pie temblando, pálidos, con el corazón parao; porque la voz de la sombra no era la de un solo ser, sino el de muchos seres, y, variando en sus voces de una sílaba a otra, penetraba en nuestros oídos con los dejes familiares y harto recordados de miles y miles de camaradas muertos.

…”En honor a Edgar Alan Poe”…

Nota: La foto fue tomada de la página cav.org.ve 

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