Un Samaín mustio.

Triste si, pero no hay cómo hacerlo diferente, porque entre pitos y flautas, de la pandemia no hay noticias de mejora, los números de contagios siguen subiendo y las alternativas de reunirnos con familia y amigos para que los niños (pequeños y grandes) jueguen y disfruten quedaron con suerte para otra ocasión.

Aquí no es Halloween sino Samaín, aunque no es mucha la diferencia en el modo de celebrarlo. Este año pretendía disfrazar a mi familia y salir a la calle para pasear, reírnos un rato, asustarnos con los disfraces de los vecinos, asar castañas y en la noche hacer una fiesta de pijamas, contar cuentos de fantasmas, brujas y pasarlo bien durmiendo en la sala con los niños en colchones inflables, nada de buscar dulces tocando de puerta en puerta, gritando truco o trato. La calabaza será una lámpara igual, luego será parte del pastel que hago en cada Samaín, capaz y nos disfrazamos para tomarnos unas fotos y mandarlas al WhatsApp de la familia, pero hacer el paseo a Allariz a ver a las brujas y los fantasmas, correr cuando desfile la Santa Compaña… Este año no, mucha gente y aparte estamos aún confinados.

Mi esperanza es que para cuando nos dejen, mi hijo deje de hacerse el tímido y se sume a la loca de su madre, disfrazado, a la aventura de cazar hombres lobo, brujas y fantasmas con más razón y memoria, para que tenga recuerdos de una infancia feliz y muy divertida.

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