Un paseo inquietante

Ya sea por la mañana o por la tarde, diariamente procuro caminar a modo de ejercicio, nada que salga de los parámetros de alguien alérgico al deporte, pero tampoco como para que me reclamen por floja, digamos que eso de mantenerse activo es verdad y es una manera de controlar el peso.

Suelo caminar haciendo varios circuitos, porque, si hay algo que me quedó de vivir en una urbe como Caracas, es que no es prudente tener una única ruta para tus desplazamientos; pero este artículo no va de mis traumas, va de lo que veo cuando camino por la calle, la cantidad de locales cerrados, y como se incrementan en número al pasar los días o las semanas, algunos con cartel de lucha declarando que abrirán cuando el panorama mejore, otros con el cartel de próxima apertura, pero sin fecha definida, locales donde solo hay un papel cubriendo el escaparate sin más, y también quienes en definitiva tiran la toalla y dejan de luchar porque no es viable…

No se le puede culpar a la pandemia de todo lo que está pasando, este es un problema que ya tiene cola y una muy larga, no es fácil regentar un negocio y aunque te digan que existen mil millones de ayudas para que te sumes al universo de las pymes y autónomos, lo cierto es que, entre regulaciones, inversiones, políticas e impuestos, el margen de ganancia aquí es mínimo, las ayudas a la final son deudas que deberás asumir en el correr del tiempo, resulta muy difícil en el panorama actual, porque para muchos, simplemente se “está corriendo la arruga”, como soplan los tiempos actuales el futuro no promete para el comercio tradicional.

Mis paseos de todos los días, esos que deberían ser estimulantes, pasan a ser inquietantes, no se puede achacar lo que sucede a los cambios de horarios, las limitaciones de aforo y el miedo al contagio, lo cierto es que ella solo es un acelerante de algo que ya existía, que no es fácil de resolver con los viejos esquemas; cada tienda que se cierra representa un incremento en las tasas de desempleo y un impacto económico importante.

Por mi parte, trato de aportar mi grano de arena a esta lucha por resistir, ya no voy tanto a las grandes superficies, ahora compro más en los pequeños locales que tengo cerca, y aunque he acortado el gasto a mínimos (no gano, lo que ganaba antes)  he redescubierto el encanto de conocer al farmaceuta, al carnicero, al panadero y al mesonero del café de las mañanas, a esa pareja encantadora que me vende el periódico, a la señora de la frutería que adorna con mimo la tienda y coloca todo de tal manera que da gusto entrar…

Conozco los dos lados de esta realidad (Comercio / Cliente) y me inquieta lo que viene, pero conmigo pueden contar, solo espero que sean más los que se animen a conocer a estos vecinos que luchan día a día por sus sueños y por hacer de la calle un rincón grato para caminar.

No podemos esperar a que venga algún “iluminado” con la solución a algo que necesita de la comunidad…

Autor: Raquel Rodríguez Ferré

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