Asqueada de las Redes Sociales

A ver, desde que las crearon soy de las primeras en sumarme a la tendencia y explorarlas, consumirlas y disfrutarlas; con ellas logre conectar con personas a quienes les perdí la pista en mi infancia y mi adolescencia; la verdad es que no niego que pueden ser una excelente manera de mantenerme al día con lo que sucede a mis conocidos y familia y que es un excelente canal para mantener contacto con personas en el mundo, pero, de un tiempo al presente, estoy sobresaturada de información, que por demás, resulta poco sustancial.

Solo en Facebook se más de lo que hacen los políticos, y de lo ultimo en juegos de video o en los canales privados de TV, que de lo que le pasa a mis amigos. Me resulta chocante entrar en él y no tener noticias sino recibir un tsunami de comerciales, memes y mensajes sin sentido, me saca de quicio que me pidan tantas suscripciones, afiliaciones, ofertas y denuncias, sin contar la cantidad ingesta de “chorradas” religiosas, superficiales…ni hablemos de las políticas, violentas y paranoicas…

Seré sincera, me conecto cada quince días y es como prender el TV y ver la novela, no importa cuantos capítulos has dejado de ver, sabes por donde van y cómo va la trama…ABURREN.

Estoy tentadísima en darme de baja temporal en Facebook y en Instagram para darme un respiro como hice con Twitter.

Otra es que, por seguridad, no puedes publicar mucho sobre ti, ni los tuyos, lo que nos lleva a ese inmenso mundo de los memes, que dicen mucho y poco a la vez. Ahora no se si mis amigos son fan de los nacionalistas, son de ultra izquierda o sufren una intoxicación por resina de tanto bricolaje publicado… Lo que si es seguro es que rondan los 400 kilos solo de comer todo lo que publican de cocina, y también dominan la meditación y son catedráticos de filosofía de tantas reflexiones publicadas…

Chicos perdón si tengo las redes abandonadas, me siento como un delfín en medio de una pesca por arrastre, que ve un agujerito por donde escurrirse y salvar el pellejito… si publico poco es porque no veo que decir, que me identifique, que pueda aportar y que pueda enriquecer sin morir ahogada en tanto plástico mediático.

ALERTA: Fin del Estado de Alarma

El pasado 9 de mayo en España se dio el “fin del estado de alarma”, entendamos por ello que todas las medidas aplicadas (bien o mal) para mantener un orden y cierto grado de seguridad y frenar de alguna manera al COVID ha cesado. SE SUPONE, que la pandemia aun no ha acabado, se supone que aun no estamos todos vacunados y se supone también que debemos guardar cierto cuidado para no contagiarnos… ¿Cierto?…

Entonces explíquenme ¿cómo en muchos lugares la gente sale y se reúne como si fuera año nuevo, y hacen la cuenta atrás, se quitan la mascarilla y se apretuja para que el (CENSURADO) virus brinque a su gusto entre unos y otros a sus anchas?

Estos son los momentos en que mis cuarenta me pesan, en que mi sentido común me recuerda que ya la adolescencia pasó y me siento más vieja que mi abuela de 96 años, pero, ¿quién le dijo a este rebaño de irresponsables que podíamos a paso de vencedores contagiarnos y patear lo que llevamos un año tratando de contener?

¿Culpables?, yo no culparía solo al gobierno por todo lo que no hizo durante la pandemia y preparar como es debido un plan de desescalada, culpo también a los negacionistas que representan tan bien a los “Monitos de la discreción” (no oigo, no veo, no pienso) y a los típicos “boludos inmortales” a los que no les pasa nada….

¿Molesta? Si, un poquito; soy hija de una señora de 70 años, madre de un hijo de 4 años, sobrina de unos tíos de 60, prima de dos chicos con familia con más de 30 y nieta de una doña de 96 años, TODOS PREOCUPADOS POR LO MISMO…También he perdido amigos y conocidos por COVID, y no hace mucho, recién me enteré el sábado que una de mis mejores amigas de la infancia, con solo un año más que yo, murió por COVID.

Yo solo veo las imágenes de esos irresponsables pegando brincos, apretujados, sin mascarilla, sin vacuna, en País Vasco, Cataluña, Madrid y Canarias; me da una angustia y una rabia enorme, como se ve que a ellos no les importaría estar en una UCI, intubados, ahogados, con una losa en el pecho, o peor aún, tener a un ser querido así.

Tanto o más culpable son ellos que ningún gobierno, ni ningún partido, por carecer de sentido común, no digo que prolonguen los confinamientos, que nos quiten a libertad, o no nos dejen ver a los amigos, a la familia, solo digo que, ante tan hermoso regalo, tengamos la CABEZA y la SENSATEZ, aceptando que el peligro aun no ha pasado y que debemos cuidarnos y cuidar a los nuestros…

Homenaje a los valientes de la información.

Hace unos años tuve el placer de trabajar con periodistas y la interesante oportunidad de ver como era su mundo, la verdad es que el gusto por escribir siempre ha estado presente, pero, desde que trabaje con ellos (ese equipo en particular) aprecio y valoro aun más el solo hecho de escribir, aunque cometa errores de ortografía y redacción.

Vengo de un país en el que, solo ser comunicador ya es un riesgo, pues si tienes algo de ética y mística, sientes la necesidad de contar la verdad y de dar al mundo a conocer las injusticias que te rodean, sin embargo, están allí al pie del cañón, contando lo que ven, informando de lo que pasa en ese pequeño pedazo del mundo. Es por ello que me da dolor ver, cada vez con más frecuencia el coste de su valor y de sus ansias de justicia, de humanidad, y de su cruzada por decir la verdad.

No soy periodista, y en este país no se me reconoce mi profesión tampoco (Diseñador Gráfico) ni con la experiencia acumulada de 25 años de trabajo, solo soy un humilde bachiller y sin embargo agradezco estar aquí (en la tierra de mis abuelos) y no en la zona de conflicto en la que se ha convertido mi tierra amada, agradezco la paz de mis días y sufro cuando escucho que un periodista muere a causa de su valor por buscar la verdad. Los dos últimos que engrosan la larga lista de caídos, son españoles y murieron en Burkina Faso, uno de ellos (capaz y los dos) hicieron un programa muy bueno sobre una de las tantas pesadillas que vivimos los venezolanos, y por la que muchos hemos tenido que salir de allí; me dio mucho sentimiento saber de su muerte, admiro mucho su trabajo y su valor al entrar en zonas tan riesgosas.

Pido perdón si no hablo de los míos directamente, y que no coloque nombres, digamos que por respeto a todos ellos, prefiero dejarles que se la curren y busquen quienes son y den nombres si saben de ellos y de tantos otros que han caído en acción, como soldados, como héroes, como buscadores de justicia… Mis respetos a sus familias y a su recuerdo. Mis respetos a quienes usan como arma el lápiz, la cámara y el micrófono para buscar lo que no se puede lograr con balas y sangre.

Y hablando de tocados…

No se ustedes, pero llevo tiempo ya con la sensación de estar sentada sobre una bomba de tiempo, sin traje especial, y sin artificiero cerca. Resulta muy inquietante y hasta desagradable, salir a la calle y encontrar, cada vez con más frecuencia, a personas que se les va la pinza.

No soy la única que percibe la violencia contenida en la población, hablando seriamente, me preocupa como se esta agrietando la convivencia, como esta afectando todo lo que se esta aplicando para contener la pandemia, hoy se cumple un año de confinamiento y medidas restrictivas; desde mi punto de vista, aunque uno cumpla con lo que se pide (las normas básicas de convivencia, las distancias de seguridad, la mascarilla, los aforos, el gel) hay algo que no se ha tomado en cuenta y ha causado mella en todos.

Sin ir muy lejos y sin florituras, hay quien entra en pánico por estar a tu lado, aunque guardes más distancia de la mínima. Caminas por la calle y ves a la gente triste, asustada, ansiosa, poco tolerante, e incluso xenófoba (el acento del que tiene al lado es diferente al suyo, escuchas palabras de desprecio, ni hablemos si de colores o de rasgos).

Se está perdiendo el respeto, la tolerancia y la educación. No digo que no debamos reclamar a quienes no cumplen con las normas, pero no se puede ir por la vida paranoico con una cinta métrica en una mano midiendo la distancia, con un espray de gel hidroalcohólico en la otra mano rociando a todo aquel que te cruzas por la calle.

La gente que es diferente, es solo eso, diferente, no un foco de infección y de maldad, no hace falta los amuletos para repeler malos espíritus, ni cargar el santoral a cuestas para ir al automercado o al banco.

Seamos conscientes que esto no se acaba aun; vamos a tener que convivir, al menos un año más, con lo que no nos gusta, incluso, es posible que algunas de estas cosas sean permanentes…

A los que aun mantenemos la cordura, solo me queda pedirles que tengan paciencia y resiliencia. A los que se les va la pinza o les falta una patata para el kilo, que busquen ayuda porque amargarse no sirve de nada y ponerse violento tampoco.

Y a los negacionistas… Que Dios les cuide, porque esto no es cuento y no se puede tapar el sol con un dedo.

Retomando la lectura como placer

Leer, es quizás uno de los placeres que más beneficios trae, con menos efectos secundarios negativos para el cuerpo humano, salvo que se tome como defecto, que sea una actividad que eduque, amplíe horizontes, informe, abra la mente y haga pensar, cosa que últimamente no parece estar de moda y es incluso considerado como algo peligroso. No es un ejercicio físico que te deje estupendo, musculoso y bello pero también tiene su encanto.

Lamentablemente me he dejado llevar por las nuevas corrientes socioculturales y llevo una temporadita (demasiado larga) en que he tenido que dejar a un lado esta afición, pero viendo los efectos que hace esto a mi cerebro y a como me limita, trato de buscarme pequeños momentos para ver si leo al menos dos o tres capítulos de alguna novela de la pequeña pila que está en la sección de pendientes (comenzó con 3 libros y ya supera la docena).

Con la pandemia supuse que tendría tiempo, pero siempre me encuentro con algo que no me lo permite, siempre había algo que hacer, las excusas de siempre la verdad: limpiar, atender al niño, estudiar, hacer recados, cansancio acumulado… Pero también no tengo ánimo, tomo un libro y no llego ni a la décima página me cuesta muchísimo concentrarme. Tiene tantas cosas maravillosas y lo que ha sido para mí un placer ahora me resulta tedioso, llevo más de dos años que no leo a gusto, si antes, al año, leía de seis a ocho libros, ahora solo consigo terminar uno o dos; realmente es preocupante, he dejado de lado muchas cosas que me estimulaban y me mantenían activa: Ya no pinto, ya no fotografío, ya casi ni escribo y ni hablemos de leer. No hay excusa, salvo que me estoy dejando llevar por la depresión, por la realidad poco grata de estar confinada a causa de la pandemia, por la ausencia de oportunidades, por el cierre y la ralentización de todo en este planeta a causa del COVID y de una mala gestión a todo nivel.

Leer abre la mente, amplia tu capacidad de conversación, el vocabulario y sin mucho dolor también te enseña a escribir mejor; es para mí una manera de evadir un poco de la rutina cansina de buscar sin encontrar, de viajar sin gastar grandes fortunas, sin pedir permiso, sin llevar salvoconductos.

Debo retomar poco a poco esto que he dejado de lado, no me puedo dejar deprimir de esta manera y por ello me he trazado el objetivo de los ocho libros al año, si alguno me llega a gustar mucho, haré alguna reseña y la publicaré, espero los anime a acompañarme en esto, porque leer es un placer que no tiene límites más allá de acercarte a una biblioteca o librería y pillar algún titulo que te llame la atención.

Te veo venir “Soledad”

Aunque la canción de Franco de Vita toca un tema diferente, y es una de mis favoritas, lo cierto es que la presencia de la dama que ostenta este nombre con tanta contundencia, está cada día más presente a todo nivel y no dejo de recordar el estribillo.

Esta señora es un miedo, de los grandes, de los más básicos de nuestra especie, y no hablo de perder el móvil, no llevar el atuendo perfecto, perderte la novela turca de la tarde, el programilla de chismes con aroma a fruta o el partido de la Champions… No; esta doña se las trae, ella solita ha hecho tanto o más daño que el mismísimo Covid y tiene tanta historia como nosotros en este mundo; es musa en infinidad de canciones, pinturas, esculturas, ni hablar de su protagonismo en múltiples obras literarias.

Se llama Soledad y no, no es una señora de edad avanzada, aunque hubo una época en que colocarles a las niñas nombres tan poco sutiles estuvo de moda (los hay peores, pero no vienen al caso hoy).

Si hablamos del COVID como lo que es, una enfermedad de cuidado, también deberíamos hablar de Soledad, un sentimiento y una circunstancia cada vez más fuerte, extensa y por qué no, PANDÉMICA, lo es, se le puede calificar de enfermedad y al igual que un virus, no discrimina edad, sexo, condición social o raza.

Ya llevan hablando de ella como algo preocupante desde hace años, pero siempre queda como algo lejano, algo que solo sufren los ancianos, los pueblos de la España vacía y los corazones rotos. Yo se lo que es tenerla cerca, a veces la agradeces, pero cuando se instala a vivir contigo y ser parte de tu día a día, te enfermas, la soledad viene acompañada de tristeza, y durante este año nos ha dado un duro ejemplo de su poder; a mi me hace falta mi familia, mis amigos y hasta mis vecinos. Puede que la tecnología ayude a mitigar su poder conectándonos y dándonos la posibilidad de vernos, pero el calor humano, el contacto, el compartir hace mucha falta, las conexiones, los lazos, el no tener miedo a la cercanía.

No saben cuánto ansío que llegue la vendita vacuna y poder dar fin a esta locura, para que el estribillo de la canción no sea tan agudo, que vuelva a ser simplemente nostálgico, un recuerdo, una canción…

Todos sabemos de alguien que esta solo, ¿por qué no llamarles y decirles que lo tienes presente, conversar un ratico con esa persona, hacer que no se sienta tan indefenso?, más en estos días tan sensibles, no digo visitarle o llevártelo a una feria (que no podemos) pero hay muchas maneras de hacerles sentir que no esta con esa señora tan fría, que hay esperanzas y que tiene compañía.

Un paseo inquietante

Ya sea por la mañana o por la tarde, diariamente procuro caminar a modo de ejercicio, nada que salga de los parámetros de alguien alérgico al deporte, pero tampoco como para que me reclamen por floja, digamos que eso de mantenerse activo es verdad y es una manera de controlar el peso.

Suelo caminar haciendo varios circuitos, porque, si hay algo que me quedó de vivir en una urbe como Caracas, es que no es prudente tener una única ruta para tus desplazamientos; pero este artículo no va de mis traumas, va de lo que veo cuando camino por la calle, la cantidad de locales cerrados, y como se incrementan en número al pasar los días o las semanas, algunos con cartel de lucha declarando que abrirán cuando el panorama mejore, otros con el cartel de próxima apertura, pero sin fecha definida, locales donde solo hay un papel cubriendo el escaparate sin más, y también quienes en definitiva tiran la toalla y dejan de luchar porque no es viable…

No se le puede culpar a la pandemia de todo lo que está pasando, este es un problema que ya tiene cola y una muy larga, no es fácil regentar un negocio y aunque te digan que existen mil millones de ayudas para que te sumes al universo de las pymes y autónomos, lo cierto es que, entre regulaciones, inversiones, políticas e impuestos, el margen de ganancia aquí es mínimo, las ayudas a la final son deudas que deberás asumir en el correr del tiempo, resulta muy difícil en el panorama actual, porque para muchos, simplemente se “está corriendo la arruga”, como soplan los tiempos actuales el futuro no promete para el comercio tradicional.

Mis paseos de todos los días, esos que deberían ser estimulantes, pasan a ser inquietantes, no se puede achacar lo que sucede a los cambios de horarios, las limitaciones de aforo y el miedo al contagio, lo cierto es que ella solo es un acelerante de algo que ya existía, que no es fácil de resolver con los viejos esquemas; cada tienda que se cierra representa un incremento en las tasas de desempleo y un impacto económico importante.

Por mi parte, trato de aportar mi grano de arena a esta lucha por resistir, ya no voy tanto a las grandes superficies, ahora compro más en los pequeños locales que tengo cerca, y aunque he acortado el gasto a mínimos (no gano, lo que ganaba antes)  he redescubierto el encanto de conocer al farmaceuta, al carnicero, al panadero y al mesonero del café de las mañanas, a esa pareja encantadora que me vende el periódico, a la señora de la frutería que adorna con mimo la tienda y coloca todo de tal manera que da gusto entrar…

Conozco los dos lados de esta realidad (Comercio / Cliente) y me inquieta lo que viene, pero conmigo pueden contar, solo espero que sean más los que se animen a conocer a estos vecinos que luchan día a día por sus sueños y por hacer de la calle un rincón grato para caminar.

No podemos esperar a que venga algún “iluminado” con la solución a algo que necesita de la comunidad…

Autor: Raquel Rodríguez Ferré

Un cuento de pelos…

Orson Welles hizo su debut en la radio con su versión transmitida del original literario de H. G. Wells “La guerra de los mundos” (1938) y sembró el pánico entre miles de oyentes, convencidos de que realmente se estaba produciendo una invasión de extraterrestres. Yo me acuerdo de él y del pánico que sembró entre su público, cada vez que barro mi casa.

¿Por qué?, pues por la masa de pelo de perro que sale de cada incursión con mi escoba o mi aspiradora. A ver, en un apartamento pequeño de 80m2 somos seis en casa, tres humanos y tres ejemplares del género Canis Domesticus, de diferente talla, color y pelo, mucho pelo.

Los tres son lo más noble y cariñoso que existe, nos hacen compañía y no dan guerra, pero, sueltan pelo, no tienen idea de la cantidad. Ese ritual de barrer se ejecuta a diario, incluso en dos o tres ocasiones, dependiendo de la época del año; y la cantidad de pelo que barro de cada cuarto da para rellenar un fardo más o menos grande.

Suena exagerado lo sé, pero quien tenga perros con mucho pelo sabrá de lo que hablo. Lo genial del día de hoy fue, concentrada en otras tareas, no barrí desde el viernes en la mañana, así que hoy en la mañana me dispuse a recoger el rastro capilar de mis peluches, la cantidad que saque era tan grande que podía pasar perfectamente por un ser, una masa amorfa, de color indefinido entre negro, caramelo, blanco y gris que volaba, etérea, cuando pasabas la escoba de los cuartos a la cocina.

En algún momento mientras buscaba la pala para recoger lo cosechado, me encontré a los tres perros mirando con curiosidad la enorme bola de pelo, se voltearon a verme como reprochando mi descuido por permitir que llegara a recolectar tal cantidad, se levantaron y se fueron, bordeando con cuidado aquel monstruo peludo…

Como me gustaría que supieran barrer, y poder hacer como el tío de aquel anuncio ecológico, regañando al perro para que conecte y empatice con el ambiente y con mis alergias.

Autor e Ilustración: Raquel Rodríguez F.

Madrid: El circo de los enanos gigantes

Y ciertamente el tema ya cansa, no me extraña que los madrileños pongan caras cada vez que les preguntas ¿Cómo están?, y es que si yo viviera allí no sabría qué contestar a una pregunta que debería ser simple. En mi humilde opinión, el tema del COVID se lo están tomando como arma arrojadiza entre políticos, no se ve un interés real para quienes viven en esa comunidad, en su salud o en su economía.

No me parece justo que exista este nivel de confusión, es tal el desorden que tienen, que ya no se sabe si allí quien gobierna, es el propio virus.  Muy a mi pesar Madrid se ha convertido en un triste circo donde los enanos son gigantes y los payasos no dan risa, como están gestionando la emergencia lo que están logrando es convertirles en los leprosos de España, poco falta para que deban llevar un distintivo.

El tema de Madrid y sus medidas para parar el virus está haciendo más daño, que el propio virus, y no se le ve fin, pero si una propagación en el resto del país con consecuencias, no solo internas, no me extraña que con este caos tardemos en recuperar el turismo pese a que llegue la vacuna. Si tenemos un gobierno que no sabe trabajar en equipo, que le resulta más importante quien manda (rojos, azules, verdes o morados) a cómo detener un virus, que se pelean en los juzgados, en vez de reforzar los hospitales y centros de salud…

Triste se ve el horizonte para esta comunidad y para el resto de nosotros. Lástima que quienes tengan que pagar su ineptitud sean los de siempre, la gente de a pie, los que tratan de hacer cumplir las normas y los que se están dejando la piel y su salud por cuidar la nuestra, los que tratan de trabajar y quienes tratan de mantener a flote sus sustentos dignos. Dejan claro que ellos viven en su circo, ajenos a lo que sucede fuera de su carpa, ellos seguirán creciendo y haciendo el tonto…

Autor: Raquel Rodríguez F.

La cordura en tiempos del COVID 19

Me declaro amargada, gruñona, anímica y creativamente frustrada.

Claustrofobia por naturaleza, soy de las que no estoy quieta en casa nunca, siempre me quejo de mi falta de tiempo para pintar, escribir, tejer, y estar en familia, y ahora que tengo el tiempo, porque este “bendito” virus nos tiene a todos presos en casa, estoy que me subo por las paredes, no tanto por la encerrona sino porque no he podido hacer nada.

Y no estoy vegetando en el sofá,viendo la vida pasar, no: He limpiado la casa enterita, he limpiado el sillón de la sala, he cambiado cuadros de sitio, cambié la ropa de invierno por la de entretiempo, he jugado con mi hijo, le he cortado el cabello, he limpiado el trastero, he cocinado, remendé una cantidad increíble de cosas… pero diseñar, escribir, leer, tejer o pintar… Pues no…

Me siento a escribir esos cuentos que llevo tiempo queriendo pasar de mi cabeza al papel y es que no me sale ni una letra, ni hablemos de la novela que dejé en el capítulo dos hace 6 meses o peor aún, los artículos para los blogs… grillos en mi cabeza es lo que tengo.

Me siento a pintar, con lo que me gusta a mi pintar, y tengo el pulso torpe, la mente más blanca que el lienzo y las ideas imposibles de visualizar. Ni hablemos de tejer, bordar, fotografiar, diseñar… Repentinamente me siento como Joan Manuel Serrat y esa canción que habla de amor, musas de vacaciones y techos por pintar… Ilusa yo, hice una lista de objetivos creativos a alcanzar durante esta cuarentena, objetivos que requieren tiempo y espacio vital para ser alcanzados.

Olvidé que no eran vacaciones, que no estaría sola y que los que viven conmigo necesitan también ser atendidos, más si tienen tres años y se aburren, porque no entienden que no pueden salir a jugar, ni a correr, ni a explorar, aunque el cielo este del azul más hermoso y el sol brille en todo su esplendor, con ese césped tan verde y florido…

Olvidé que para crear se necesita inspiración, y al no poder salir, no puedo buscar esa musa esquiva, que revolotea en mi ventana por escasos momentos para que la idea golpee en mi cabeza pero no lo suficiente como para desarrollarla, sino torpemente esbozarle o enunciarle en la libreta de “pendientes”…

Olvide que en tiempos así, las prioridades son otras y que para no perder la cordura y amargarse como un frasco de angostura, lo mejor es dejar fluir, dedicarte a tareas más mecánicas y concentrarte en otras prioridades más urgentes y menos líricas. La misión es salir de esto bien, sanos, cuerdos y con ganas de comerte el muno cuando te den el pistoletazo de salida de la cuarentena.

Fuerza, no queda otra, cada día que pasa es uno menos para el gran día.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑