Te veo venir “Soledad”

Aunque la canción de Franco de Vita toca un tema diferente, y es una de mis favoritas, lo cierto es que la presencia de la dama que ostenta este nombre con tanta contundencia, está cada día más presente a todo nivel y no dejo de recordar el estribillo.

Esta señora es un miedo, de los grandes, de los más básicos de nuestra especie, y no hablo de perder el móvil, no llevar el atuendo perfecto, perderte la novela turca de la tarde, el programilla de chismes con aroma a fruta o el partido de la Champions… No; esta doña se las trae, ella solita ha hecho tanto o más daño que el mismísimo Covid y tiene tanta historia como nosotros en este mundo; es musa en infinidad de canciones, pinturas, esculturas, ni hablar de su protagonismo en múltiples obras literarias.

Se llama Soledad y no, no es una señora de edad avanzada, aunque hubo una época en que colocarles a las niñas nombres tan poco sutiles estuvo de moda (los hay peores, pero no vienen al caso hoy).

Si hablamos del COVID como lo que es, una enfermedad de cuidado, también deberíamos hablar de Soledad, un sentimiento y una circunstancia cada vez más fuerte, extensa y por qué no, PANDÉMICA, lo es, se le puede calificar de enfermedad y al igual que un virus, no discrimina edad, sexo, condición social o raza.

Ya llevan hablando de ella como algo preocupante desde hace años, pero siempre queda como algo lejano, algo que solo sufren los ancianos, los pueblos de la España vacía y los corazones rotos. Yo se lo que es tenerla cerca, a veces la agradeces, pero cuando se instala a vivir contigo y ser parte de tu día a día, te enfermas, la soledad viene acompañada de tristeza, y durante este año nos ha dado un duro ejemplo de su poder; a mi me hace falta mi familia, mis amigos y hasta mis vecinos. Puede que la tecnología ayude a mitigar su poder conectándonos y dándonos la posibilidad de vernos, pero el calor humano, el contacto, el compartir hace mucha falta, las conexiones, los lazos, el no tener miedo a la cercanía.

No saben cuánto ansío que llegue la vendita vacuna y poder dar fin a esta locura, para que el estribillo de la canción no sea tan agudo, que vuelva a ser simplemente nostálgico, un recuerdo, una canción…

Todos sabemos de alguien que esta solo, ¿por qué no llamarles y decirles que lo tienes presente, conversar un ratico con esa persona, hacer que no se sienta tan indefenso?, más en estos días tan sensibles, no digo visitarle o llevártelo a una feria (que no podemos) pero hay muchas maneras de hacerles sentir que no esta con esa señora tan fría, que hay esperanzas y que tiene compañía.

SIGUE, ESTO ES UNA NOVELA AMOL…

Esta zona de la ciudad en sus buenos tiempos no formaba parte de ella, era una ciudad satélite a las afueras de Caracas; con casas de arquitectura moderna, edificios de diseño de no más de cinco pisos, calles amplias, ajardinadas, muy de las décadas de os 50’s y 60’s. 

El Centro comercial, donde estábamos, fue construido en la década de los 90’s cuando la zona fue absorbida por la ciudad: se ubica en una zona poco edificada, mal iluminada, cerca de una redoma amplia que distribuye a cuatro direcciones diferentes. Es un edificio de diez pisos: cinco de oficinas y cinco de comercios, con todos los servicios: restaurantes, tiendas, cine, una pequeña sala de teatro, automercado, un instituto de idiomas, una escuela de baile, y una sede de la escuela de negocios de la UCAB…  Sin embargo, no son buenos tiempos, aunque sigue siendo una buena zona, también es cierto que ya nadie está seguro, conducir solo en la noche, después de la hora punta, es peligroso.

Mis amigas y yo salimos de clases, más tarde de lo habitual, en el centro comercial, casi todas las tiendas estaban cerradas, lo único abierto era el supermercado y los tres restaurantes.  Si hubiésemos culminado la clase una hora antes, de seguro estaríamos saliendo del pequeño bistró, en dirección al sótano, pero esta vez no hubo tiempo…

El sótano donde aparqué el auto, como era de esperar, estaba casi vacío, no superaba la decena de vehículos, el mío estaba cerca de la rampa de salida, solo, bajo uno de los pocos focos que funcionaban. Subimos al automóvil y las acompañé a donde habían estacionado ellas, la idea era salir todas juntas de allí, conducir hasta la redoma; Al llegar a esta me separé de la pequeña caravana y tomé la calle que lleva a Caracas, conducía rauda por la vía y aunque no había tráfico estaba muy pendiente por si había una alcabala o si alguien salía de algún estacionamiento. Estaba inquieta, era tarde, la calle sola, oscura, había llovido y me encontraba cansada, solo quería llegar a casa, pero el trayecto de 10 minutos se me hacía eterno. El móvil comenzó a sonar, de seguro era de casa para saber porque me tardaba en llegar.

Repentinamente, de un matorral detrás de una parada de autobús a oscuras, salen sombras que se lanzan a la calle a toda carrera, clavé los frenos y detuve el auto a pocos centímetros de dos hombres, que caen al asfalto. Uno de ellos, policía, levanta al otro y lo arroja sobre el capó del auto.

Confundida y asustada, a punto de gritar, tanteé buscando la palanca de cambios, para arrancar nuevamente, pues no me importaba llevarme por delante a aquel par pues aquí uno no se fía de uniformes, tienes más miedo a la policía que al hampa común, pero no lograba encontrar la marcha.  El móvil comenzó a sonar nuevamente en mi cartera y fue en ese instante cuando del matorral salieron dos policías más, pistola en mano, y a la carrera, apuntando en dirección a la pareja que peleaba enfrente mío, mientras uno de ellos gritaba – PARATE COÑO – a la vez que sentí nuevamente un golpe en el capó.

El otro policía, que quedo en la acera, nos ve y grita – Tranquilos, tranquilos, todos tranquilos – bajó el arma y caminó hasta el auto haciendo señas para que continuara, pero, sus dos compañeros seguían en frente a mi coche, esta vez en el piso, sobre el malandro, tratando de colocarle las esposas.

El móvil vuelve a sonar, entre la sorpresa y el terror, paralizada, solo podía ver a aquel policía quien se acercaba lentamente al automóvil por mi lado, se detuvo a un metro de la puerta, iluminado por el faro y me vuelve a decir, esta vez con una sonrisa en el rostro – Tranquila mamita, tranquila, esto es una novela amol, ya la escena salió, sigue sin problema – haciendo el gesto de que continuara.  Levanto la vista y en el retrovisor avisto la patrulla, detenida justo detrás mío, quien gentilmente me hace cambio de luces sin tocar corneta, ni activar las sirenas. Lentamente, volví a buscar la palanca de cambios, mareada y temblorosa logro meter la marcha, mientras veo como sus dos compañeros levantan al tercer hombre y lo llevan nuevamente a la acera.

Sin pensar, y rezando porque no escucharan el móvil que seguía sonando, pongo en marcha el auto y lentamente, paso al lado del oficial quien se despide con su mejor sonrisa. Al llegar al siguiente farol encendido, acelero haciendo un ruido infernal y no me detengo hasta llegar a la siguiente rotonda en donde reduzco lo suficiente para subir por la rampa del edificio y detengo el coche a milímetros de la puerta del garaje. La puerta abre más lento que nunca y entro, sin esperar a que cierre me dirijo a mi puesto, apago el auto y abro la puerta.

Llueve nuevamente, debo bajarme y caminar hasta la entrada del edificio, pero el susto no me permite levantarme; el móvil suena en la cartera insistentemente – están asomados en la ventana, me ven llegar y aun así insisten – cuando voy a atender la llamada, ya con el alma nuevamente en el cuerpo, me salta a las piernas el gato del conserje quien, como cada tarde al llegar del trabajo, me viene saludar. Salte del asiento, totalmente muda, abrazada a aquel animalillo peludo que trataba de zafarse de mis brazos asustado por mi brusquedad. Consciente de haberle asustado comencé a acariciarle hasta que se calmó, y lo bajé al suelo. Cerré la puerta y caminé lentamente bajo la lluvia, hasta la entrada, pero unos metros antes de la puerta reparé en que no llevaba ni la cartera, ni la cena; fastidiada, deshice mis pasos, abrí nuevamente el auto y saqué lo que olvidé; el móvil seguía sonando con insistencia en la cartera.

Entre al edificio, totalmente empapada, mientras buscaba el bendito móvil que no dejaba de sonar, pero ya estaba en casa, mojada asustada y con una historia difícil de creer.

Para el proyecto del curso de Domestika
Pulimos una historia que tenia tiempo en un borrador

Reunión de amigas

Hace tiempo decidí migrar de país por razones de seguridad y de calidad de vida, lo cierto es que, no fue una decisión fácil de tomar, y el tiempo vivido fuera de la tierra que me vio nacer y crecer, aunque cumple con muchas de mis expectativas y la calidad de vida ha mejorado muchísimo, tengo mucha nostalgia.

Migré a la tierra de mis padres y abuelos, sabia que no era un lugar fácil y que migraba en no muy buena época, sin embargo, agradezco la recepción y la acogida, me he adaptado muy bien a mi nuevo hogar.

Pero la nostalgia, el clima y las dificultades hacen que uno extrañe los días felices, el trabajo en aquella oficina, el grupo de amigos que se hizo allí, las reuniones caseras los fines de semana, las parrilladas de cumpleaños en casa de los amigos.

Gracias al cielo, existe la tecnología y con el confinamiento pues descubrimos que podíamos replicar esas reuniones, a lo mejor ya no son fiestas de contribución, donde todos traen algo para el festín, a lo mejor no habrá pista de baile o parrilla, pero si hay amigos, en este caso amigas.

De esa oficina conservo un grupo muy animado de amigas, nos solíamos reunir para matar el estrés, probar nuevas recetas, cumpleaños, etc. Las llamé a principios de Julio y coordinamos un primer encuentro, y desde entonces ha funcionado bien, hasta ahora nos reunimos una vez al mes, para hablar zoqueteadas y reírnos un rato.

A veces en las que no todas podemos conectarnos a la vez, porque migramos a distintos países, con diferentes usos horarios, y aparte, todas hicimos una vida allí donde estamos, tenemos familia y obligaciones; pero hay una constante, las que estamos ese día en la reunión, lo pasamos de lo lindo, nos reímos y nos tomamos algo mientras conversamos.

Migrar no es fácil, y si hay algo en lo que todas estamos de acuerdo es que el país que extrañamos y llamábamos hogar, ya no existe, que la nostalgia no se ira de nuestros corazones y que nos preocuparemos siempre por lo que pase allí.

No se ellas, pero a mi me hace falta estas reuniones, me mitigan la tristeza, a mi nunca se me hizo tan difícil hacer nuevos amigos como aquí, si a eso le sumamos todo lo que trae la pandemia en el orden de restricciones me siento aun más aislada, estas amigas son mi puente con lo bueno que añoro.

Chicas (ellas saben quienes son) gracias por estar allí. Nos vemos en Google Meet la semana que viene, esta vez lleven vino y reserven su trocito de pastel porque nos quedamos hasta tarde…

Cuestión de Responsabilidad

Este va a ser un articulo muy corto, realmente es una reflexión y una propuesta. A medida que llegamos al final del año vemos con más animo la llegada de la vacuna y el final de esta etapa tan difícil, lo que no significa que podamos regresar a nuestra antigua realidad; muchas cosas han cambiado y pretender continuar donde lo dejamos (en marzo) es simplemente imposible.

Falta poco para que lleguen las navidades y el gobierno intenta buscar un alivio a los confinamientos y restricciones, honestamente no veo cómo, relajar ahora, no me parece prudente, no somos China o Japón, la disciplina, la conciencia de sociedad y la responsabilidad colectiva no se nos da muy bien a los occidentales, aunque la mayoría hacemos un esfuerzo enorme por cumplir con lo que se nos exige, siempre existe el grupito que se cree inmune, inmortal y casi divino, esos que son exageraciones o que a ellos no les va a pasar, esa minoría que por lo “general” (Siempre) patean la mesa y lo estropean todo con su “brillo”.

Si queremos tener unas navidades más o menos decentes en familia, mantener a la baja los números de contagio, hospitalizaciones y muertos, debemos poner todos de nuestra parte, usar las mascarillas, lavarnos las manos, y seguir con las directrices que nos han impuesto, son un incordio, pero funcionan.

¿Y el año que viene? pues, resistir y no enloquecer, esperar a saber las instrucciones para vacunarnos y vacunar a nuestros abuelos e hijos (No hacerlo, la verdad, no me resulta prudente). Yo incluso daría un paso más, y adoptaré a la mascarilla, como una prenda regular para cuando esté enferma, porque mis gripes y resfriados no tengo porque compartirlas con el resto de los mortales.

Simple cuestión de responsabilidad, no solo como individuo, también como miembro de una comunidad, en eso si emularé a los orientales, porque cuando están resfriados o enfermos y no pueden quedarse en casa, utilizan la mascarilla para minimizar el impacto, ellos no andan por allí a lo Hamlet preguntándose si se vacunan o no, se preguntan ¿hay vacuna? pues dame fecha y hora, que allí voy… ¿Quién me sigue?

Una Navidad Diferente…

Ya se nos fue la fiesta del Magosto y el Samaín, ahora lo que viene, según calendario, es Navidad, Año Nuevo y Reyes… Con la que nos ha caído, honestamente, ambiente festivo no hay, ni que alumbren las calles como si fuera Vigo o las Vegas.

Tengo años sintiendo que la magia se diluyó, ya no me huele a navidad y las ganas de decorar no son las de antes. Decoraré porque hay niños en casa y no quiero que pierdan la ilusión, formando parte de la familia Grinch.

Prometo hacer el momento del decorado en casa un juego, el día de navidad hornearemos galletas para tropecientos y prepararemos algo rico, guardo la esperanza de contagiar lo poco que me queda de la Raquel Navideña a los pequeños de casa, habrá arbolito, nacimiento y regalos, porque lo más sabroso de estas fiestas es la carita de los niños cuando reciben sus regalos.

Sin embargo, tengo muy presente que este año va a ser particularmente duro para el ánimo festivo, no van a levantar las restricciones para estas fiestas, en mi familia somos pocos los que nos podemos reunir, pero superamos el máximo permitido, de juntarnos superamos los 14 participantes y además todos estamos repartidos entre Galicia, Cataluña, Canarias y Madrid así que alegar convivencia en 70 metros cuadrados con cuatro perros además… no creo que eso cuele…

Disculpen los puristas mi negatividad, pero la vengo arrastrando aproximadamente desde el 2012 cuando la navidad se vio golpeada por la mediocridad, la política, la crisis económica y la inseguridad en aquellos rincones de mi nostalgia, ya para el 2014, cuando nos mudamos definitivamente, el choque de ver como celebran aquí las fiestas aplastó un poco más mi ánimo; mi ex y su familia tampoco ayudaron mucho. Lo que hizo que mi ánimo no se esfumara del todo fue la llegada de mi terremotico, le dio fuerza a mi alma duende y junto a mi familia es quien me sostiene lo “Navideña”.

Este año no me voy a amargar la vida, decoraré, cocinaré, habrá música y juegos, y a falta de apretujarnos en casa cantando “Entre que caben 100” entre familia y amigos habrá videollamadas.

Vayan avisándole a mi Yaya que olvide la parte de los tacones, el maquillaje y las lentejuelas, la videoconferencia será en pantuflas y pijama, con copa de vino en la mano. Para el año nuevo más de lo mismo, en vez del pijama rosa felpudo, será azul y cava en lugar de vino, para reyes el modelito gris de ositos polares; todos abrigaditos, holgados, suavecitos, y poco favorecedores, eso sí, con pendientes…no quiero que me desherede por hombruna…

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Habemus Vaccinum

Al fin, se está viendo la salida a este túnel… Ahora falta que exista dosis para todos y no nos contagiemos de aquí al momento en que nos toque, mientras, seguiremos en esta “nueva realidad” al estilo de Eugène Ionesco o de Samuel Beckett.

Pero hay esperanza, dos dosis que te generan un 90% de protección, que, aunque algunos digan que no es suficiente, a mi me viene de perlas, porque supera el 40% que implica llevar la latosa mascarilla, los negocios cerrados, la falta de oportunidades y esta encerrona casi penitenciaria, a tener nuevamente vida social, ver a mi familia y reactivar el pulso que nos mantiene vivos.

Habrá que esperar a que el año próximo lleguen las dosis, desde ya les aviso que no te la ponen por tu linda cara, sabemos como se bate el cobre; esto lleva prioridades y el orden lógico sería inmunizar primero:

A los sanitarios que lo de llevar mascarilla y trajes espaciales les debe tener ya más que saturados. Esos que día a día deben lidiar con pacientes y familiares, esos que por muy curtidos que estén, deben sentirse fatal cuando se les muere un paciente, esos que llegan cansados y asustados a sus casas con esa espada de Damocles encima.

Al personal de emergencia, entiéndase aquellos que deben poner orden y tratar con verdaderos tarados mentales que aun piensan en fiestas y noches locas, con la mascarilla de taparrabo; esos pobres policías, bomberos y personal de riesgo (incluye trabajadores de residencias de ancianos) que bastante crudo se lo han tragado ya, viendo como su esfuerzo se les aplaudió en la primera vuelta y ahora en la segunda los miran feo porque deben hacer su trabajo.

Una vez cubierto los que nos cuidarán vendrían las personas vulnerables como embarazadas y abuelos… Estemos claros que si la lógica y no las puntadas de culo son quienes deben marcar las directrices, tardará en llegar el turno para los demás mortales, simple, no hay para todos en la primera tanda, con todo y pinchazos, la mascarilla llegó para quedarse, con ella sus cuatro reglas que seguirán conviviendo con nosotros.

Así que no empujen que no hay baranda; si ya tenemos casi un año en este tango a medio pelo, otro medio año o año y medio igual llegamos.

Lo importante es que por fin Habemus Vaccinum y es algo que debemos celebrar…

Magosto: La fiesta donde la protagonista es La Castaña

Castañas ya comienzan su temporada en octubre, ya para mediados de mes, se pueden ver en casi todas las fruterías y tiendas de alimentos a este noble fruto seco expuesto, pero realmente su mejor momento, cuando más apetecen es en noviembre.

El magosto es más que una fiesta, realmente es una reunión de familia y amigos en torno al acto de recolectar castañas en los bosques; al final de la jornada, se enciende una hoguera y cuando se tiene buenas brasas, se coloca una parrilla donde asan chorizos, unas sartenes especiales donde asan también parte de las castañas recolectadas y se acompaña todo con vino y pan, si hay niños presentes, se les da zumo o leche caliente con miel y canela.

Hoy en día quedan pocos bosques que sean “silvestres” y que puedas ir a tus anchas a recolectar, aparte de peligroso, no es legal, porque por lo general los bosques de castaños tienen pertenencia y hay que pedir permiso o conocer a los dueños para acompañarlos en la colecta, es un trabajo simple, pero con truco, pues debes saber cuál castaña recolectar, no pincharte porque las semillas están dentro de una cubierta de espinas. Por eso, si no tienes un amigo con bosque, no tienen por qué desanimarse, en las ciudades y pueblos suelen vender los frutos y hacer la parte más amena del magosto sin el trabajo y el riesgo de recolectarlas.

No es una fiesta de feria, luces y orquesta, pero es a mi gusto más divertida, es más íntima, de amigos y familia, después de asar y pelar las castañas terminas todo lleno de ceniza y tizne, el que queda limpio suele durar poco así de prístino, no se permiten remilgados que le hagan ascos a mancharse, mínimo un par de manchas de ceniza, algo de vino encima y salir del recinto oliendo a humo.

En Ourense capital, el día 11 de noviembre, la plaza mayor se llena puestos donde reparten los chorizos y castañas que se asan en las enormes brasas que se encienden en el centro de la plaza, acompañado de vino y pan, pero a mi gusto tiene mucha gente y pierde parte de su magia, pero si vives en una ciudad y no tienes donde, pues, esta bien para iniciarte en el vicio de comer castañas.

A ver cómo se las ingenian este año para hacer la fiesta, con el tema de los aforos y las distancias, pero, a falta de festejos, siempre contamos con los castañeiros, puestos en forma de tren donde se asan castañas y te las venden calentitas… el chorizo el pan y en vino para luego, en casa…

El Teletrabajo: mito y realidad de trabajar remoto..

El teletrabajo es un término que actualmente tiene mucha repercusión en España, pero no es una modalidad nueva de trabajo, tiene más de 25 años en el mundo, en sectores como el informático, científico o financiero son muy comunes.

Desde que se desató la pandemia, con las cuarentenas y restricciones, esta modalidad laboral ha pasado de ser un caso poco común a algo más frecuente y con miras a arraigarse con fuerza. Como todo tiene su lado bueno y su lado mas bien oscuro, es prudente hablar de los grandes mitos que se crean sobre esto para asumir con los pies en la tierra, algo que llegó para quedarse.

El teletrabajo es mucho más que mudar tu oficina a la casa, hay que cumplir con ciertas reglas para que funcione y seas productivo, por un lado, puede resultar muy cómodo, pero también puede resultar un quebradero de cabeza.

No es una modalidad de trabajo que se adapte a todos los entornos, ni a todos los profesionales, hay que tener una capacidad de organización y muchísima disciplina.

Te obliga a estar al día en todo lo que te rodea, tanto en información, como en tecnología, y comunicación, pero también te permite trabajar desde varios entornos, no simplemente desde un puesto de trabajo dentro de una empresa.

Es verdad que ahorras un dinero en traslados y dietas trabajando desde casa, pero gastas más en servicios como luz y teléfono, también se incrementa la cuenta en el super.

Igual, aunque el entorno resulte más relajado, debes vestirte para trabajar, no es bueno descuidar la indumentaria; por un lado, te ayuda a entrar en “modo profesional” y mantenerte alerta y concentrado, por otro lado, evitas dar una mala imagen, porque puede resultar muy divertido que te pillen en chándal y pantuflas al levantarte durante una videoconferencia, pero te ves poco profesional y repercute negativamente.

Puede que estés en casa, pero, si no cuentas con un sitio exclusivo para trabajar no resulta muy cómodo. Lo recomendable es contar con un espacio tranquilo y funcional que te permita asumir que estás trabajando. Ese lugar ideal debe contar con buena iluminación, una buena superficie de trabajo para colocar tu portátil, tu móvil, y lo que necesites para trabajar, una silla cómoda y para las videollamadas aportar un escenario neutro, para reforzar el aspecto profesional. Si no cuentas con un sitio así en casa y solo necesitas de un portátil para trabajar, puedes recurrir a zonas de coworking, lugares que están habilitados con puestos modulares que te facilitan lo básico para tus necesidades de espacio y tranquilidad, los hay gratuitos y de pago y hay que reservar con tiempo.

Es mentira que trabajas solo cuatro u ocho horas, lo cierto es que muchas veces no resulta fácil saber cuántas horas inviertes, sobre todo en los comienzos, es muy frecuente que le dediques más tiempo y superes la jornada de ocho horas. Entre las alertas que debes considerar tener activas aparte de las reuniones y llamadas, están los tiempos de descanso como el almuerzo y la hora de salir. Parece absurdo y muy obvio, pero en el esquema tradicional de trabajo, la sinergia del entorno te avisaba cuando había que salir a comer, o cuando terminaba la jornada, siempre había algo que te indicaba en que momento del día estabas, con el teletrabajo esa percepción del tiempo suele ser diferente.

Y hablando de tiempo, aunque ahorres en desplazamientos y cuentes con más tiempo, algo que te invita a relajar un poco, sigues teniendo un horario, debes ser igual de puntual y riguroso que en el modo tradicional, es mentira que, si llegas tarde, con terminar después de hora compensas, tampoco puedes ausentarte para hacer recados sin avisar y dentro de tu horario laboral, pues puede que el entorno sea más relajado, pero debes cuidar tu imagen profesional.

Es verdad que te da más margen para la conciliación familiar, pero hay que tener mucha disciplina y delimitar bien los momentos en familia de los laborales, si trabajas directamente desde casa, no es fácil cuando tienes niños pequeños, o si la familia es numerosa, tampoco cuando el espacio en el que trabajas no es exclusivo para esa tarea.

Es una modalidad de trabajo algo solitaria, no compartes espacio con tus compañeros de trabajo, la comunicación con ellos es vía email, telefónica o por videollamada. El trato no es directo, ni se generan lazos de la misma manera y con la misma facilidad que compartiendo un espacio común. Sin embargo, tiene su lado interesante y divertido cuando tienes que trabajar con compañeros en otras ciudades o países, porque las limitaciones geográficas ya no son tan rígidas, puedes trabajar en una empresa de Madrid estando en Coruña, Burgos o Tenerife, de la experiencia aprendes mucho.

Para la empresa es un ahorro en espacio físico, en servicios básicos como la electricidad, en mobiliario y equipos, pero, salvo que seas autónomo, los equipos y el mantenimiento de estos para hacer tu trabajo deben ser asumidos por la empresa.

Como comento es una modalidad laboral que llegó para quedarse; es un nuevo esquema de vida, con sus reglas, que son engañosamente simples, pero igual requieren compromiso y otra visión del concepto de profesionalidad, sociedad y educación. Es un cambio interesante que promete muchas mejoras, pero debe enfocarse correctamente para dar resultados y no es algo que deba asumirse con miedo o timideces, hay que estudiar y documentarse bien antes.

Un paseo inquietante

Ya sea por la mañana o por la tarde, diariamente procuro caminar a modo de ejercicio, nada que salga de los parámetros de alguien alérgico al deporte, pero tampoco como para que me reclamen por floja, digamos que eso de mantenerse activo es verdad y es una manera de controlar el peso.

Suelo caminar haciendo varios circuitos, porque, si hay algo que me quedó de vivir en una urbe como Caracas, es que no es prudente tener una única ruta para tus desplazamientos; pero este artículo no va de mis traumas, va de lo que veo cuando camino por la calle, la cantidad de locales cerrados, y como se incrementan en número al pasar los días o las semanas, algunos con cartel de lucha declarando que abrirán cuando el panorama mejore, otros con el cartel de próxima apertura, pero sin fecha definida, locales donde solo hay un papel cubriendo el escaparate sin más, y también quienes en definitiva tiran la toalla y dejan de luchar porque no es viable…

No se le puede culpar a la pandemia de todo lo que está pasando, este es un problema que ya tiene cola y una muy larga, no es fácil regentar un negocio y aunque te digan que existen mil millones de ayudas para que te sumes al universo de las pymes y autónomos, lo cierto es que, entre regulaciones, inversiones, políticas e impuestos, el margen de ganancia aquí es mínimo, las ayudas a la final son deudas que deberás asumir en el correr del tiempo, resulta muy difícil en el panorama actual, porque para muchos, simplemente se “está corriendo la arruga”, como soplan los tiempos actuales el futuro no promete para el comercio tradicional.

Mis paseos de todos los días, esos que deberían ser estimulantes, pasan a ser inquietantes, no se puede achacar lo que sucede a los cambios de horarios, las limitaciones de aforo y el miedo al contagio, lo cierto es que ella solo es un acelerante de algo que ya existía, que no es fácil de resolver con los viejos esquemas; cada tienda que se cierra representa un incremento en las tasas de desempleo y un impacto económico importante.

Por mi parte, trato de aportar mi grano de arena a esta lucha por resistir, ya no voy tanto a las grandes superficies, ahora compro más en los pequeños locales que tengo cerca, y aunque he acortado el gasto a mínimos (no gano, lo que ganaba antes)  he redescubierto el encanto de conocer al farmaceuta, al carnicero, al panadero y al mesonero del café de las mañanas, a esa pareja encantadora que me vende el periódico, a la señora de la frutería que adorna con mimo la tienda y coloca todo de tal manera que da gusto entrar…

Conozco los dos lados de esta realidad (Comercio / Cliente) y me inquieta lo que viene, pero conmigo pueden contar, solo espero que sean más los que se animen a conocer a estos vecinos que luchan día a día por sus sueños y por hacer de la calle un rincón grato para caminar.

No podemos esperar a que venga algún “iluminado” con la solución a algo que necesita de la comunidad…

Autor: Raquel Rodríguez Ferré

Un Samaín mustio.

Triste si, pero no hay cómo hacerlo diferente, porque entre pitos y flautas, de la pandemia no hay noticias de mejora, los números de contagios siguen subiendo y las alternativas de reunirnos con familia y amigos para que los niños (pequeños y grandes) jueguen y disfruten quedaron con suerte para otra ocasión.

Aquí no es Halloween sino Samaín, aunque no es mucha la diferencia en el modo de celebrarlo. Este año pretendía disfrazar a mi familia y salir a la calle para pasear, reírnos un rato, asustarnos con los disfraces de los vecinos, asar castañas y en la noche hacer una fiesta de pijamas, contar cuentos de fantasmas, brujas y pasarlo bien durmiendo en la sala con los niños en colchones inflables, nada de buscar dulces tocando de puerta en puerta, gritando truco o trato. La calabaza será una lámpara igual, luego será parte del pastel que hago en cada Samaín, capaz y nos disfrazamos para tomarnos unas fotos y mandarlas al WhatsApp de la familia, pero hacer el paseo a Allariz a ver a las brujas y los fantasmas, correr cuando desfile la Santa Compaña… Este año no, mucha gente y aparte estamos aún confinados.

Mi esperanza es que para cuando nos dejen, mi hijo deje de hacerse el tímido y se sume a la loca de su madre, disfrazado, a la aventura de cazar hombres lobo, brujas y fantasmas con más razón y memoria, para que tenga recuerdos de una infancia feliz y muy divertida.

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